sábado, 8 de septiembre de 2012

 
Por: Inguel Julieth de la Rosa Vence
El ser humano se mide por las palabras. Las palabras tienen poder. Sí, más allá de cualquier significado metafísico, poseen una fuerza social, política y económica. Y en nosotros los periodistas, el peso de lo que divulgamos equivale, a mi juicio, hasta cuatro veces el peso de cualquier expresión de un ciudadano del común. No es para menos, suponemos el cuarto poder. Sí, es una suposición en cuanto al periodista, o ¿acaso aquello no lo poseen sólo los dueños de medios?

La expresión mediática en Colombia se desenvuelve en una realidad absoluta, en cuanto al manejo político de los medios de comunicación en este país. El poder financiero prima ante cualquier otro interés, hasta de tipo ético, y aun cuando las bases que nos inculcan a favor del profesionalismo, así lo rechacen. Los dueños de medios siguen ejerciendo poder político a través de los mismos, bien sea por vínculos directos o por relaciones estrechas con los gobernantes y/o personajes públicos. 
Luego, en este país, donde tanto vociferamos el derecho a la libre expresión y prensa desde la constitución misma, es ese mismo donde la información divulgada por nosotros los periodistas, y hasta la opinión nuestra, debe estar sujeta, generalmente, a condiciones predeterminadas que procuran el devenir económico, por ejemplo, del medio. O, en su defecto, debemos “curarnos en salud” y evitar temas relacionados con el narcotráfico o la corrupción política pero, dónde quedaría nuestra obligación de denunciar las irregularidades que se presenten y afecten a nuestra sociedad.
Para muchos es fácil tomar posición, desde el común, y defender los gajes del oficio subestimando las complicaciones del mismo, pero muchas veces, nos agarramos de la rama espinosa del profesionalismo, donde nos apoyamos del poder de denunciar, y nos chuzamos con las reacciones en nuestra contra. Se vive para el periodismo y se muere en él. Debería sonar exagerado, pero no. Es real.
Adriana Hurtado, presidenta de la Federación Colombiana de Periodistas, anunció que entre 2011 y 2012 han sido asesinados tres periodistas en el país, y denunciados más de 202 casos de agresión contra el ejercicio libre del periodismo. Y, apuesto a que no está censado el caso del periodista soledeño, Eduard Fábregas, quien apenas la semana anterior, recibió dos amenazas de muerte, la segunda, una tarjeta de condolencia enviada a su esposa.
En suma, existe un acoso judicial con demandas por injuria y calumnia, que afectan al periodismo y lo dejan frente a la inseguridad jurídica. Claudia López, es un ejemplo fidedigno de esta situación al enfrentarse con el ex presidente Samper con señalamientos en su contra y haber tenido que soportar la carga de un tedioso proceso judicial. Y esto no es todo. López, fue despedida de El Tiempo por escribir una columna que, según el diario, descalifica el ejercicio periodístico en este medio.  Luego, si no es cierto lo señalado por la periodista, entonces, ¿Por qué despedirla? El que mucho se excusa, se acusa; pienso yo.
Así, podría continuar con una extensa lista de periodistas que han sido víctimas de su expresión.   Ya los mandatarios se libran de su responsabilidad social y nos culpan, a nosotros los periodistas, del terrorismo en Colombia. Reconozco que son muchos, los dedicados al oficio, que sobreviven a través del conflicto. Hace unos días escuché decir al colega y experto en política exterior, Miguel Ángel Bastenier:
“No me interesa el fin del conflicto, luego ¿de qué hablaríamos los periodistas?”. Sólo debo decir, a mi defensa, que divulgamos lo que se tiene que saber.
En definitiva, espero sentada a que algún 3 de mayo, día de la libertad de prensa, podamos izar la bandera por completo. Muchos luchan por defender su palabra, con la esperanza de corregir un par de cosas; pero, muchos otros, ya han sido silenciados. En este país del Sagrado Corazón, todo es posible, hasta que la libertad de expresión esté a media asta.  








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