sábado, 6 de octubre de 2012


 
Es imposible pensar en la paz si no estamos dispuestos a perdonar y olvidar.

Por: Inguel Julieth De La Rosa Vence.
El entorno socio-político en América, en especial en el territorio latino, está demostrando que sin las armas, países vecinos, han logrado grandes transformaciones en la medida en que, poseen gobiernos de corte socialista, donde las guerrillas han llegado al poder de forma pacífica. Así, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) desgastan su potencia apostándole al poder de una nación con la prolongación del fuego asesino.

La guerrilla es anacrónica, extemporánea al contexto geopolítico actual. Me atrevería a asegurar que, en términos del vulgo, las FARC “orinan fuera del tiesto” si se sostienen firmes en la línea de violencia. Luego, lo que en la teoría es favorable a las FARC, puede cambiar y, si el proceso no tiene un buen final, ellas habrían desperdiciado una oportunidad histórica para firmar la paz, y lo saben.
Sin duda las FARC, en estos 50 años, nunca habían estado tan diezmadas y acorraladas como en estos momentos. Y no es para menos. La profesionalización de las Fuerzas Militares de Colombia, el avance tecnológico y el creciente repudio social, juegan en contra de la guerrilla y lo mejor, ellos son conscientes de eso.
Insisto, es oportuno que las FARC asuman una posición -porqué no como el grupo subversivo M-19- centrada en la aceptación de la paz, ser parte de Colombia y no al margen de ella. Apuesto a que la inteligencia que poseen los cabecillas guerrilleros es la ideal para gobernar el país de buenas maneras y alzarlo a la cúspide del éxito. No se trata de entregarle el pueblo colombiano a terroristas. Se trata de llegar a la paz abandonando la guerra, adentrarse en la nación y luchar por ella. Utilizar sus capacidades, aptitudes y  actitudes a favor de Colombia.

Sí que es un proceso arduo con elementos a favor y unidades en contra que deberán sobrellevarse hasta dar con una solución, en lo posible, satisfactoria para todos. Y esto sí que es más complicado aún. La oposición hace lo suyo, con un líder que interpone su sed de venganza ante el sufrimiento de todo un país. Su camino pensado hacia la paz no es aceptable desde mi perspectiva, si bien su deseo vengativo se deriva de una causalidad de fuerza mayor, ello no lo justifica. Luego, la paz debe consagrarse de la mejor manera posible y esta posición maquiavélica lo único que genera es más derramamiento de sangre. Es imposible pensar en la paz si no estamos dispuestos a perdonar y olvidar.

Entiendo que este proceso suena utópico por el peso de sus antecedentes. Entonces, el truco está en tomar los apartes positivos que contiene cada intento fallido. Así, califico válida la idea, contemplada en el período de Betancur, de transformación de la guerrilla en un partido político -si no puedes con tu enemigo, únetele-, qué más da unir esas mismas fuerzas que hoy destruyen, para formar un mejor país. Y, a su vez, la idea de Pastrana de sentar a rivales para llegar a un mutuo acuerdo. Es cuestión de evitar los errores del pasado, dejar la soberbia a un lado, que las partes abandonen las ínfulas de ganador, y  hacer lo suyo para devolverle la vida a toda una nación que añora a la paz.

Es claro que, aunque esta luz verde no sea tan fuerte como debería, existe al menos una idea que la paz hace parte, realmente, del plan de gobierno, aun cuando sea o no, un escape del mandato actual ante las críticas y/o presiones de los últimos días. No hay que perder las esperanzas pero, sí es necesario mantener los pies sobre la Tierra. Así, sea cual sea el interés, el vocero en este nuevo intento debe ser audaz y saber cómo jugar. 

Así las cosas, no podemos olvidar  el papel fundamental que juegan las familias y el sistema educativo pues, es cierto que los valores inculcados en el hogar más la formación académica constituyen la integridad del ser. Luego, ambos pilares son clave para que una vez conseguida la paz, esta sea duradera, porque la seguridad es paz, más la paz no es simplemente seguridad.

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