Por: Inguel Julieth De La Rosa Vence.
El entorno socio-político en América, en especial en el
territorio latino, está demostrando que sin las armas, países vecinos, han
logrado grandes transformaciones en la medida en que, poseen gobiernos de corte
socialista, donde las guerrillas han llegado al poder de forma pacífica. Así, las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) desgastan su potencia
apostándole al poder de una nación con la prolongación del fuego asesino.
La guerrilla es anacrónica, extemporánea al contexto
geopolítico actual. Me atrevería a asegurar que, en términos del vulgo, las
FARC “orinan fuera del tiesto” si se sostienen firmes en la línea de violencia.
Luego, lo que en la teoría es favorable a las FARC, puede cambiar y, si el
proceso no tiene un buen final, ellas habrían desperdiciado una oportunidad
histórica para firmar la paz, y lo saben.
Sin duda las FARC, en estos 50 años, nunca habían estado tan
diezmadas y acorraladas como en estos momentos. Y no es para menos. La
profesionalización de las Fuerzas Militares de Colombia, el avance tecnológico
y el creciente repudio social, juegan en contra de la guerrilla y lo mejor, ellos
son conscientes de eso.
Insisto, es oportuno que las FARC asuman
una posición -porqué no como el grupo subversivo M-19- centrada en la aceptación
de la paz, ser parte de Colombia y no al margen de ella. Apuesto a que la
inteligencia que poseen los cabecillas guerrilleros es la ideal para gobernar
el país de buenas maneras y alzarlo a la cúspide del éxito. No se trata de
entregarle el pueblo colombiano a terroristas. Se trata de llegar a la paz
abandonando la guerra, adentrarse en la nación y luchar por ella. Utilizar sus
capacidades, aptitudes y actitudes a
favor de Colombia.
Sí que es un
proceso arduo con elementos a favor y unidades en contra que deberán sobrellevarse
hasta dar con una solución, en lo posible, satisfactoria para todos. Y esto sí
que es más complicado aún. La oposición
hace lo suyo, con un líder que interpone su sed de venganza ante el sufrimiento
de todo un país. Su camino pensado hacia la paz no es aceptable desde mi
perspectiva, si bien su deseo vengativo se deriva de una causalidad de fuerza
mayor, ello no lo justifica. Luego, la paz debe consagrarse de la mejor manera
posible y esta posición maquiavélica lo único que genera es más derramamiento
de sangre. Es imposible pensar en la paz si no
estamos dispuestos a perdonar y olvidar.
Entiendo que este
proceso suena utópico por el peso de sus antecedentes. Entonces, el truco está
en tomar los apartes positivos que contiene cada intento fallido. Así, califico
válida la idea, contemplada en el período de Betancur, de transformación de la
guerrilla en un partido político -si no puedes con tu enemigo, únetele-, qué
más da unir esas mismas fuerzas que hoy destruyen, para formar un mejor país.
Y, a su vez, la idea de Pastrana de sentar a rivales para llegar a un mutuo
acuerdo. Es cuestión de evitar los errores del pasado, dejar la soberbia a un
lado, que las partes abandonen las ínfulas de ganador, y hacer lo suyo para devolverle la vida a toda
una nación que añora a la paz.
Es claro que,
aunque esta luz verde no sea tan fuerte como debería, existe al menos una idea
que la paz hace parte, realmente, del plan de gobierno, aun cuando sea o no, un
escape del mandato actual ante las críticas y/o presiones de los últimos días.
No hay que perder las esperanzas pero, sí es necesario mantener los pies sobre
la Tierra. Así, sea cual sea el interés, el vocero en este nuevo intento debe
ser audaz y saber cómo jugar.
Así las cosas, no podemos olvidar el papel fundamental que juegan las familias
y el sistema educativo pues, es cierto que los valores inculcados en el hogar
más la formación académica constituyen la integridad del ser. Luego, ambos
pilares son clave para que una vez conseguida la paz, esta sea duradera, porque
la seguridad es paz, más la paz no es simplemente
seguridad.

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